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Belleza, movimiento, emoción: Arte cinético

Por: Gerardo Zavarce | Venezuela

Fotografía|Carlos Ancheta

La exposición Le Mouvement, realizada en la Galería Denise René, en la ciudad de París, en el año de 1955, representó un punto de inflexión en la historia del arte que colocó la noción de movimiento en el centro de las transformaciones sobre los modos emergentes para concebir las realidades.


​El pensamiento de la modernidad se construye sobre la idea del movimiento. En este sentido, el arte denominado cinético representa una síntesis sensible sobre una larga tradición del pensamiento occidental que ha hecho de la idea del desplazamiento, del devenir, de la energía, del espacio y de la incertidumbre un eje de exploración e investigación sustancial.


Le Mouvement significó un signo de apertura a nuevas posibilidades dentro de las prácticas artísticas de la posguerra. Esta exposición reunió a creadores de lenguajes diversos, tales como: Yaacov Agam, Pol Bury, Alexander Calder, Marcel Duchamp, Robert Jacobsen, Jesús Soto y Jean Tinguely. Igualmente, representó la emergencia del movimiento cinético que apuntaba a la consolidación de: una belleza plástica, en movimiento y emocionante, tal como lo expresó Victor Vasarely en el catálogo de la exposición, bajo el título: Notas para un manifiesto.


Uno de los aportes fundamentales de la experimentación abierta por los artistas cinéticos se basa en la activación física de la obra como consecuencia de la participación dinámica del espectador; así como la incorporación del espacio y del tiempo como elementos estructurales de la experiencia sensible. Otro rasgo distintivo lo encontramos en los usos de nuevos materiales, tecnologías y la posibilidad para construir un territorio de participación que permite generar, desde la interacción del público con la obra, preguntas fundamentales para la reflexión sobre la relación entre lo particular y lo universal.


La brecha abierta por los artistas considerados cinéticos es sin duda diversa. Algunos de ellos, por ejemplo, desarrollaron investigaciones que se sumergen en las posibilidades de un arte concebido desde la cibernética como es el caso del artista húngaro Nicolás Schöffer. El venezolano Carlos Cruz Diez trabajó en la experimentación basada en la experiencia singular del color, generando un espacio cromático que denominó cromosaturación. Igualmente, el argentino Julio Le Parc, ganador de la Bienal de Venecia de 1967, trabajó en el denominado Groupe de Recherche d’Art Visuel promoviendo la participación del espectador en los espacios no convencionales y también desarrollando exploraciones sobre el uso de la luz, el color y la transformación de los ambientes espaciales a través de la interacción con el espectador.


El arte cinético promueve desde la coautoría del espectador una relación ética y estética, por eso desborda sus escenarios hacia el espacio público como una estrategia para democratizar la obra de arte, encontrando en la integración del arte y la arquitectura un espacio fértil para activar la obra desde la participación del público en los espacios de la ciudad.


Esta confluencia con lo urbano y arquitectónico representa una de las vías significativas para el desarrollo y posterior continuidad del arte cinético. En este orden de ideas, hay una anécdota que señala que la propia Denise René, al visitar la ciudad de Caracas (Venezuela) y conocer la obra Volumen Virtual Suspendido de Jesús Soto, emplazada en la Torre Banaven (Cubo Negro) aseguró que se trataba de la Capilla Sixtina del arte cinético.


El cinetismo se erige en el espacio inestable de la realidad como una relación entre las partes esenciales y complementarias que la conforman, lo universal y lo particular. Los diálogos que esta confluencia genera hacen posible una experimentación basada en la abstracción geométrica que busca alcanzar: belleza, movimiento y emoción, tal como lo propuso Víctor Vasarely, conceptos fundamentales para interpretar nuestras realidades desde la singularidad como vía para expresar la plenitud, el arte cinético evoca lo que significa estar en el mundo para habitarlo en su devenir constante, en su movimiento y transformación.

Beauty, movement, emotion: Kinetic art


By: Gerardo Zavarce | Venezuela

Photography | Carlos Ancheta


The Le Mouvement exhibition, held at the Denise René Gallery, in the city of Paris, in the year 1955, represented a turning point in the history of art that placed the notion of movement at the center of the transformations on emerging modes To conceive the realities.


The thought of modernity is built on the idea of ​​movement. In this sense, the so-called kinetic art represents a sensitive synthesis about a long tradition of Western thought that has made the idea of ​​displacement, of becoming, of energy, of space and of uncertainty an axis of exploration and substantial research.


Le Mouvement meant a sign of openness to new possibilities within post-war artistic practices. This exhibition brought together creators of diverse languages, such as: Yaacov Agam, Pol Bury, Alexander Calder, Marcel Duchamp, Robert Jacobsen, Jesús Soto and Jean Tinguely. It also represented the emergence of the kinetic movement that aimed at the consolidation of: a plastic, moving and exciting beauty, as Victor Vasarely put it in the exhibition catalog, under the title: Notes for a manifesto.


One of the fundamental contributions of the experimentation opened by the kinetic artists is based on the physical activation of the work as a result of the dynamic participation of the spectator; as well as the incorporation of space and time as structural elements of the sensitive experience. Another distinctive feature is found in the uses of new materials, technologies and the possibility to build a territory of participation that allows generating, from the public's interaction with the work, fundamental questions for reflection on the relationship between the particular and the universal.


The gap opened by artists considered kinetic is undoubtedly diverse. Some of them, for example, developed research that immerses themselves in the possibilities of an art conceived from cybernetics, as is the case of the Hungarian artist Nicolás Schöffer. The Venezuelan Carlos Cruz Diez worked on experimentation based on the unique experience of color, generating a chromatic space that he called chromosaturation. Likewise, the Argentine Julio Le Parc, winner of the 1967 Venice Biennale, worked in the so-called Groupe de Recherche d'Art Visuel promoting the participation of the spectator in unconventional spaces and also developing explorations on the use of light, the color and the transformation of space environments through interaction with the viewer.


Kinetic art promotes an ethical and aesthetic relationship from the viewer's co-authorship, so it overflows its scenarios towards public space as a strategy to democratize the work of art, finding in the integration of art and architecture a fertile space to activate the work from the participation of the public in the spaces of the city.


This confluence with the urban and architectural represents one of the significant ways for the development and subsequent continuity of kinetic art. In this order of ideas, there is an anecdote that indicates that Denise René herself, when visiting the city of Caracas (Venezuela) and knowing the work Suspended Virtual Volume of Jesús Soto, located in the Banaven Tower (Black Cube) assured that it was of the Sistine Chapel of kinetic art.


Kineticism stands in the unstable space of reality as a relationship between the essential and complementary parts that make it up, the universal and the particular. The dialogues that this confluence generates make possible an experimentation based on the geometric abstraction that seeks to achieve: beauty, movement and emotion, as proposed by Víctor Vasarely, fundamental concepts to interpret our realities from the singularity as a way to express the fullness, art Kinetic evokes what it means to be in the world to inhabit it in its constant becoming, in its movement and transformation.