Lyle O. Reitzel, Arte Contemporáneo presenta el solo show “The dominican dream” del artista dominicano Gerard Ellis

Dugout de gladiadores
Por: Juan Miguel Perez
Entrar al estudio artístico de Gerard Ellis es visitar un lugar de experimentación
permanente que no deja de buscar e interpelar las tramas que habitan
clandestinamente nuestro cotidiano. Como un buzo del inconsciente, Ellis, como su tocayo y colega Richter, lustra los zapatos gastados por la historia y extrae el brillo perdido de escenas humanas, como un limpiaparabrisas en medio de un aguacero, quitando del vidrio de nuestras retinas exhaustas y escleróticas esa melcocha que maridan el polvo de la costumbre y el agua de la inocencia.
OCA|News Lyle O. Reitzel / Gerard Ellis / Octubre 15, 2026 / Nacional - Internacional
Entrar en su taller es visitar una sala de reanimación de los sentidos, en una fría y desorganizada morgue de imágenes tiradas en los basureros de la memoria, donde yacen cadáveres visuales con los que convivimos, como una mecedora de caoba inerte, desmembrada y con sus escombros arrumbados, a la espera de volver a la vida, lijada, con fresca pajilla y nuevo barniz, rearmando un futuro de gracia y perdón.


En The Dominican Dream, exposición en la Galería Lyle O’Reitzel, Gerard Ellis pone en
escena símbolos del béisbol y sus avatares en el Caribe aldeano y ciclónico. Es una serie
con varios episodios en una misma temporada. El “sueño americano” dicta las
tribulaciones dominicanas, convirtiendo cualquier terreno baldío de nuestros parajes o
barrios en un territorio de lucha por la dignidad. De Osvaldo Virgil a Juan Soto, 70 años
y miles de prospectos convertidos en gladiadores transforman los campos de béisbol
en los coliseos de nuestros tiempos. En la antigua Roma, el espectáculo de los
gladiadores, antes de ser pan y circo, era un rito funerario. El culto a los muertos y a la
muerte guiaba el espí ritu de aquella civilizacio n. Dentro de dichos ritos, los gladiadores
eran una pieza fundamental. Los combates se libraban como ritos religiosos en honor
de los nobles caí dos. Los gladiadores no combatí an por gloria deportiva, sino como
ofrenda votiva. Se preparaban y entrenaban en escuelas; la mayorí a eran esclavos o
condenados y cargaban con infamia, ese estigma que, en el mundo antiguo, despojaba
de importancia social a los condenados. El gladiador no luchaba por sí mismo, sino para
pagar las deudas de un muerto.
Los paralelismos con el mundo de los peloteros dominicanos golpean tan fuerte como
los del odio del Dios de Vallejo. El prospecto pelotero es la promesa colectiva de una
comunidad, de una familia, de una escuela, de su entrenador y de una generación. Ya no son los dioses, sino la comunidad, el destino del sacrificio. En Roma, además de lo
anterior, el espectáculo cumplía también una función pedagógica: enseñar a los
espectadores a desafiar la muerte y a vencer el dolor. Los peloteros son aquellos que se
atreven a retar el fatum social de los desdichados y, por ello, están poseídos por una
carga mítica, como arcángeles en la batalla campal de los humildes por su subsistencia;
esto no reduce al público a mero espectador en las gradas, sino que lo convierte en
coautor de la esperada hazaña subalterna. El béisbol es ese evento en el que las clases
marginales sienten a sus ídolos deportistas como una especie de Bonnie y Clyde, El
Santo o Jack Veneno contra un Ric Flair en un Virgilio Travieso Soto abarrotado,
presenciando, por fin, una victoria de ellos, de los caídos, asumida mediante
concreciones de la figura heroica popular, objeto durable de deseo colectivo.
Reminiscencias del erotismo épico del luchador romano: el béisbol, como hecho social,
se aproxima a una síntesis vernácula del nostos homérico, ese regreso al hogar de Ulises como medio para salvar su alma, reconquistando su dignidad y su razón ontológica.
El play es la arena en la que el fanático dominicano se mira a sí mismo en su versión
gloriosa, anestesiando sus vicisitudes en un desplazamiento temporal de sus
preocupaciones cotidianas y existenciales, relegadas a la hora expectante del turno de
cada bateador en la caja de bateo, previo a cada lanzamiento o fildeo, como un juego de
ajedrez o de dominó de tamaño estadio, ovacionado por unos bleachers repletos de
expectativas inciertas, de angustias, de estrategias, de incidentes, de accidentes y de
sorpresas que se agitan con fervor de pasión, como una enorme mezcladora coctelera
que saca sinergia y potencia de ingredientes que hacen combustión, explotan y nos
embriagan.
En The Dominican Dream, Gerard Ellis realiza los bocetos de esa pasio n, como un Linne
de los tiempos modernos que deconstruye la realidad en torno a un deporte social como la pelota para los dominicanos, separando y clasificando, en un verdadero cabinet de curiosidades, los í conos del be isbol y las instancias visuales legendarias de la pelota, sin censura, agotando el imaginario pelotero en un inventario casi naturalista.
Para llegar a su objetivo, el artista nos ofrece una muestra que reactiva nuestra reflexión
y nos brinda una recarga de comunicación con nuestro yo-pelotero, a partir de un
paquetico de diversos estilos icónicos de la historia del arte, que pone al servicio de su
discurso y del público, como si estuviéramos adentrándonos en la intimidad
fenomenológica de nuestra experiencia sensorial y cultural del béisbol, de la mano de
su rigurosa línea y, otras veces, del gesto libre.
En The Dominican Dream, el artista hace uso de la sensualidad del pop, a lo Tom
Wesselmann, con el pie alzado de Marichal, como si estuviéramos entrando a las gradas
del play en la parte alta del tercero, con “El monstruo de Laguna Verde” ponchando en
ese instante a su contrincante. En “The ball doesn’t fall from the tree”, Gerard Ellis
emplea en todo su esplendor esa gestualidad tan calibrada como libre que caracteriza
su obra para proyectar un árbol genealógico —casi literal— del mundo social que pare
el béisbol, desde una fotografía típica del mundo rural dominicano, aumentada con un
texto, a lo Ed Ruscha, que condensa y tensa el mensaje de la obra.
Gerard Ellis nos encamina por el trayecto biográfico del pelotero a partir de una especie
de tríptico de pequeño formato, muy especial dentro de la muestra, en el que el guante
de pelota asume todo el protagonismo: “Sujeción» es una obra en la que un guante
amarrado con alambres de púas bien pudiera representar esas cadenas de la miseria
que rodean el mundo del béisbol en su prehistoria (la historia social del prospecto),
donde nacen y se hacen los sueños peloteros y también sus pesadillas; una segunda
obra, “El mello” (apodo característico de un adolescente prospecto), en la que el
pelotero, incluso ya en Grandes Ligas, identifica su guante con su apodo; y una tercera
obra, en la que un gancho atrapa al guante, metáfora que pudiera representar al scout
que recluta y firma al pelotero y que acerca la imagen al proceso de la industria cárnica,
donde se llevan las piezas de ganado después de ser sacrificadas en el matadero,
transformando al animal muerto en una pieza de consumo humano.
En “Los escuchas”, paisaje fascinante en el que se presenta un juego ingenuo, como los
que abundan en nuestras comunidades rurales más distantes, la naturaleza, en su
dimensión vegetal y animal, convive con el mundo lúdico de la infancia que juega al
béisbol. Sin embargo, esa pureza empieza a tener sus primeros contactos con el negocio: aves que divisan el lugar interactúan entre sí y merodean; tal vez algunas sean de rapiña, algo así como los cuervos de Van Gogh sobre el trigal que denunció Artaud en “El suicidado por la sociedad”. Quizás, proyectando así, cómo muchos escuchas del
béisbol van a cazar talentos en contextos socioeconómicos y culturales vulnerables.
Un bodegón en blanco y negro, compuesto por víveres, un trozo de salami, dos huevos,
una imagen de la Virgen de la Altagracia y una greca para colar café, resume el
presupuesto nutricional del sueño pelotero. La presencia del café es, aquí, curiosa (para
las costumbres dominicanas vinculadas a la infancia). Tan presente en las esquinas
mañaneras de nuestras vías públicas, la clase obrera suele tomar un sorbo de café para
“echarle algo al estómago” antes de iniciar sus faenas, en pequeños vasitos que también
son muy comunes en los terrenos de entrenamiento de los prospectos (mas no en los
liceos), lo que marcaría una diferencia entre unos y otros jóvenes. Aquí, el café, quizás,
como ese punto de convergencia entre el niño y el hombre, entre el juego y el trabajo
que caracterizan a estos muchachos y a su particular condición, como si fuese un
espléndido y joyceano Portrait of a Prospect as a Young Worker. Gerard Ellis juega con
sus diversos estilos pictóricos dentro de la misma naturaleza muerta, imprimiéndole a
la composición la sensación de un collage, cuyas superposiciones anunciarían la
presencia intermitente de algunos elementos, o incluso la ilusión de su existencia,
recordándonos la precariedad del todo.
“El Prospecto” es la pieza de la exposición más cercana a uno de los estilos más
característicos del artista a lo largo de su carrera: una especie de realismo aumentado,
de extraños sueños salvajes, en el espíritu de Henri Rousseau, protagonizados por una
fauna urbana y distópica. En la obra se proyecta la escena de un joven pelotero
cabalgando un toro bravo, con la mirada de un águila que sobrevuela y la velocidad del
lince presente en la tierra, como si la extraordinaria proeza atlética de estos jóvenes,
quienes se elevan por los aires con bestial destreza, fuera impulsada por la potencia de
animales míticos, almas sobrenaturales que animaran esos cuerpos gladiadores, con un
despliegue elegante y una agilidad excepcional; como si el joven estuviese saltando la
segunda base en una espectacular doble matanza, con un movimiento coreográfico de
una belleza propia de la magna ópera danzaria que es el béisbol, donde la energía en
movimiento, la lucidez y el arte se conjugan en un deporte.
En “El debutante”, la imagen del pelotero sin rostro, aún anónimo, aparece con las luces
del play ya encendidas, pero con las paredes de la cerca todavía hechas de bloques en
bruto, sin empañete, como representación del difícil camino que recorre en silencio: un
camino en el que solo una exigua minoría llega a trascender la oscuridad y arribar a la
celebridad. En contraste con la pieza “These lights”, donde el pelotero ya juega en el
estadio y tiene las luces de la fama sobre él.
Con “Tatis Jr.” y “Big Papi”, Gerard Ellis nos recuerda el carácter casi religioso del
béisbol en la República Dominicana. Los gestos legendarios de dos megaestrellas
dominicanas de las Grandes Ligas están rodeados de un aura de neón (como las Siete
Figuras de Bruce Nauman), como si fueran elevados al rango hagiográfico de santos,
como imágenes panteonísticas de una capilla ardiente o de un lugar de devoción, como
lo es la pelota para los dominicanos.
Gerard Ellis es un gran contador de historias. Sin duda, su pasado como ilustrador hace
que cada una de sus muestras nos cuente un relato, casi como un manga japonés, lleno
de ingenio estético y de verdad. En The Dominican Dream, los más humildes son
nuestros altares.
En la pieza “Hecho en RD”, un pelotero en posición de bateo se cuadra con la mirada fija
en el lanzamiento. Sus brazos parecen ser las venas irritadas de su historia, músculos
extraídos de la nada, de esa hambre crónica que suelen padecer, por desnutrición, las
zonas rurales de donde proviene la mayoría de nuestros peloteros. Su uniforme
impecable es el del béisbol organizado. Pero en su casco de gladiador romano van
grabadas en relieve las escenas de sus orígenes naturales, donde hombres, pájaros y
follaje se confunden y, en el trasnfondo de la imagen, miran desde lejos a su hijo, como
espectadores, esos ancestros que, desde el más humilde Don Gregorio, en Nizao (San
Cristóbal), acompañaron, con concón en la paila, a sus hijos estrellas cuando peleaban
en las Grandes Ligas, y a batazos limpios, por un sitio en el salón de la fama del pueblo
dominicano.








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