• Abil Peralta Abil Peralta Aguero

Estremecedora. Imborrable. Inolvidable, infausta y dolorosa pérdida: Arnaldo Roche Rabell


“Arnaldo fue mi Papa. Además, por los pasados 25 años mi mejor amigo. Es una persona que admiro mucho, mi artista favorito… le decía Maestro y no quería, por su humildad. Fue la persona que apoyó mi carrera y medio la oportunidad de mostrarme el mundo del arte, de amar la vida y estar más cerca de Dios”. Walter Otero, galerista, gestor cultural; representante del artista Arnaldo Roche Rabell

El Gobierno de Puerto Rico, en nombre del pueblo puertorriqueño, anunció que el día de hoy domingo 18 de noviembre, quedaba declarado “Día de luto nacional” ante la infausta y dolorosa muerte el día de ayer del prominente pintor caribeño de dimensión internacional, Arnaldo Roche Rabell. La noticia le llega a este pueblo militante de la cultura y apasionado protector de sus artistas, con apenas meses de sembrar el último adiós a una de grandes glorias de la pintura, la Maestra Myrna Báez, una de las pintoras modernas más emblemáticas de América Latina y el Caribe; por igual a la comunidad cultural dominicana nos llega la noticia de la fatídica muerte de Arnaldo, con apenas días de la partida de la gran gestora y galerista doña Maryloli Pérez de Severino, (esposa del prestigioso pintor Jorge Severino). Maryloli es un referente obligado en la historia del arte dominicano de la segunda mitad del siglo xx y lo que va del presente siglo.

Me parece visualizar las lágrimas derramadas por los corazones de sus siempre amadas hermanas, Miriam, Raquel y Norma, y de su inseparable amigo y representante exclusivo de su obra en todo el mundo, el galerista y gestor cultural puertorriqueño Walter Otero, amigo querido y admirado por la comunidad artística de República Dominicana y en grandes ciudades donde proyecta la obra de Roche, y quien con sabiduría, inteligencia y pasión ha sabido conducir y promover la obra pictórica de Roche Rabell como un tesoro, enfatizando en la calidad conceptual, elaborada técnica, sentido crítico, teológico, psicológico y existencial hasta convertir su arte en entidades de culto entre quienes visitaban sus exposiciones en galerías y museos internacionales, o en los muros de las casas de los grandes coleccionistas privados que la hicieron suya. Walter Otero, amó, ama, admira, valora y respeta profundamente la pictorialidad desafiante y desenfada de los procesos creativos y arte último de Arnaldo Roche, y así nos lo hizo saber a historiadores, críticos de arte y curadores con los que compartió las tareas de sembrar las ideas, visiones y sentimientos de esta obra, tan llena de sinceridad y visceral sentido de identidad cultural. Recuerdo el caudal de los abrazos y la sonrisa cálida de los encuentros con el artista durante aquella memorable presencia de su obra en el Museo de Arte Moderno de Santo Domingo en el año 2005.

Doy testimonio de que durante los años en que trabajé en Puerto Rico, pude advertir que allí, en la tierra natal de Arnaldo, era una celebridad y orgullo de un pueblo agradecido, tratado en la misma dimensión de los grandes maestros de la cimiente de su arte nacional, porque Roche cargaba consigo el y traducía a sus telas el alma y tragedia de su hermano tristemente evaporado; la sonrisa plena de su hermana dolorosamente muerta y el ADN múltiple cultivado desde las manos y memoria de míticos pintores José Campeche, Francisco Oller, Ramón Frade o Rafael Rufiño; ellos junto a la memoria trágica y técnica de Vincent van Gogh fueron parte de su ser, evolucionados en su paleta furtiva, marcada con la huella de unos espatulazos tormentosos, estriados, nerviosos, táctiles, texturizados como masa viscosa de la que está hecha el alma del magma de la tierra.

Más que razones para entender porqué la cocción del color en sus telas llegó hasta la magicidad radiante del azul cobalto, sello emocional y espiritual en su arte hasta su muerte; un azul enérgico y delirante para quien ama el arte, y letal para quienes no tienen ojos para ver y sentir el relámpago perpetuo de la belleza, que en esencia, es la conjugación mistérica de la vida y la muerte.

Propicio es el momento, para compartir con los lectores de VENGAN AVER!!, los versos de mi poema “Hombre y tiempo/Epístola”, escrito en la década de los 80s., y para leer el magnífico reportaje itulado: “Muere el pintor Arnaldo roche Rabell”, publicado el 17 de noviembre por el Periódico el Nuevo Día de Puerto Rico, con la firma de Larissa Vázquez Zapata.

“Cuando el hombre pregunte Por mi oficio aquí en la tierra No permitan que los muertos Levanten sus manos Votarían por la destrucción de mis palabras Para ser testigos A la hora necesaria de mi entierro Mi último deseo El tiempo.-“

Abil Peralta Agüero Hombre y tiempo/Epístola, del libro “Manifiesto para el tiempo”, publicado en obra poética general “Para matar la muerte”; pág. 41. Editorial Santuario, Santo Domingo, 2015.

MUERE EL PINTOR ARNALDO ROCHE RABELL

El destacado artista puertorriqueño de 62 años tenía cáncer de pulmón.

Roche-Rabell pasó sus últimos días muy discretamente, rodeado de sus hermanas mayores, Miriam, Raquel y Norma y su amigo Walter Otero.

El pintor puertorriqueño Arnaldo Roche-Rabell falleció esta madrugada en un hospital de la capital, como consecuencia de un cáncer de pulmón, informó su representante, el galerista Walter Otero. Tenía 62 años

Roche-Rabell -para muchos el pintor contemporáneo puertorriqueño más importante y, según la crítica, uno de los principales exponentes en el mundo del expresionismo figurativo- padecía cáncer del pulmón y pasó sus últimos días muy discretamente, rodeado de sus hermanas mayores, Miriam, Raquel y Norma. También junto a su amigo entrañable y protector -de su persona y de su legado- Otero, quien conoció al maestro de la plástica cuando tenía 17 años y fue a escucharle impartir una conferencia en la universidad. Luego se convirtió en asistente de su estudio de arte y, posteriormente, en su representante exclusivo a nivel internacional.

EL GRAN RELATO DE LA PINTURA DE DE ARNALDO ROCHE RABELL.

("Lucho por medio de la pintura de probar que existo, probar que tengo cosas en mis manos, de que la belleza no está en los ojos del que la mira, sino en las manos del que la posee", dijo en una entrevista reciente./"El poder de la transformación es un acto que no proviene de una máquina, proviene del ser humano", decía.

Desarrolló un vocabulario único, basado en la aplicación de capas de colores brillantes que luego cubría de color negro y frotaba con la espátula para producir imágenes dramáticas y reveladoras. Utilizaba como base modelos humanos que envolvía en sus lienzos, resaltando sus contornos por medio del frottage. En el 2014, el Museo de Arte de Puerto Rico incorporo su obra "El Jardín de la Intolerancia: al final como padres, como locos o como héroes" a la colección permanente).

Solía decir que “el mayor reto que tienen los artistas contemporáneos no es uno de originalidad, sino uno de sinceridad”. Y así vivió su vida. Con una entrega intensa e ilimitada a su arte. Con su materia como esculpida, su presencia táctil, su eterna contradicción entre la superficie real y la profundidad ficticia: rascando el lienzo impregnado de óleo con las uñas. Sencillo y reservado, Roche-Rabell siempre le huyó a las ceremonias pomposas y a los compromisos donde tuviera que vestir de chaqueta y corbata, donde se le tratara como una celebridad. Aunque tenía todos los méritos para serlo. Y si para asistir había que montarse en un avión, pues ya las complicaciones iban en “crescendo” y había que excusarle de plano o tratar de negociar. “Hasta el día de hoy”, decía, “no asisto a cumpleaños, ni bodas, entierros, ni hospitales. Estoy siempre enfocado en los vivos, en los que se mueven, para hacer de cada día un milagro, de cada encuentro, un evento que pueda celebrar”.

Esa era otra de sus manías. Nunca se creyó genio. Aunque genialidad tenía de sobra. Tampoco gustaba de lujos. Se quedó siempre en el mismo apartamento de El Monte, en Hato Rey. Si acaso un buen carro, aunque le parecía mejor que otro guiara. Gorra, gafas, mahón y suéter, era lo único que necesitaba para emprender cualquier aventura.

Con su tez suave, eternamente sin arrugas y esa mirada pícara, como la del niño que acaba de hacer una travesura, disfrutaba de comerse un mofongo con carne frita de El Guateque o “pancakes” de La Boulangerie. Hasta se bromeaba a sí mismo por su paladar corriente y nunca le faltaron “gummi bears” en frascos de cristal acomodados en las estanterías de su estudio. Pero también había que obligarle a comer cuando se encerraba en su estudio a pintar, en puro estado de arrobamiento.

De hecho, trazar, a veces con una especie de violencia, una obra que nunca fue dócil, tranquila ni reposada. Más bien de fuerte contenido sicológico, nutrida de referentes históricos y desgarradoramente personal. Porque eso sí, la intención de Roche-Rabell nunca fue cerrar heridas, sino punzarlas. Lesiones que él mismo admitía que nunca iban a cerrar y por eso se atrevió a pintar a su adorada madre María, a su padre, que era policía, y a hacer público -a través de las claves de “Fraternos”- el trastorno esquizofrénico del hermano que mató a su hermana en la sala de la casa, que después fue hallado muerto de hambre y sed en el bosque.

“Vincent Van Gogh produjo una impresión en vida cuando vi su obra en el Museo del Art Institute of Chicago”, habría confesado aquella vez. “Mientras realizaba mis autorretratos en 1982, murió mi hermano Félix. Van Gogh aparece durante las décadas de 1980 y 1990 en obras tales como Quinientos años sin una oreja (1989), pero fue en 2000 cuando se produjo un reencuentro con el dolor. Debido a su proximidad con el mundo creativo, Vincent se transformó en un puente entre mi hermano y yo. De todos modos, no existen cartas en la historia entre mi hermano y yo, ni yo soy Theo..., y aquello que las imágenes sugieren son encuentros ficticios y elaborados”. Roche-Rabell comenzó su formación en la Escuela de Arte Luchetti en Santurce, el mismo pueblo donde se crió, en una casita de madera. También fue discípulo de Lope Máx Díaz. Pero de adulto empezó a estudiar arquitectura en la Universidad de Puerto Rico, aunque no terminó.

Se tomó una sabática, alentado por su profesor Antonio Torres Martinó, que percibió su verdadera madera de pintor. Y con la ayuda de visionarios como Luis A. Ferré -quien le dio dinero para sus estudios y le compró un cuadro, titulado Homenaje a la madre- y Ana G. Méndez, que también le patrocinó- se matriculó en el prestigioso Art Institute of Chicago, ciudad que sería determinante en esa época en la que vivió fuera de su país. Siempre Roche-Rabell decía que semejante urbe, con su energía y sus museos, fueron la mejor educación posible. Añada al historiador del Instituto, Bob Loescher, a su profesor de arte Ray Yoshida y a su profesor de dibujo, Richard Keane. Y en Puerto Rico, desde temprano en la década de los años 80, la galería Botello se convertiría en su casa y Maud Duquella en su guía por los caminos del arte. Incluso, trabajaron juntos hasta principios de los noventa.

Sin embargo, nunca olvidó a José Campeche, Francisco Oller ni a Ramón Frade, pintores puertorriqueños por los que, junto al holandés Van Gogh, desarrolló un regusto por los sueños y el dolor. Puesto que Roche-Rabell parecía funcionar en un nivel profundamente inconsciente, en el gran relato que fue su pintura.

“Por lo general, comienzo un cuadro colocando tres o cuatro capas de pintura sobre un lienzo previamente preparado. Estas capas se aplican uniformemente una sobre otra dejando que transcurran varios días entre cada aplicación”, explicaría sobre su trabajo. “Aplico de manera uniforme amarillo, naranja, rojo y luego óleos de color más oscuro tales como azul, violeta o verde y los dejo secar hasta que están listos para recibir elementos figurativos que se calcan por debajo del lienzo o la impresión de hojas, encajes o proyecciones que aparecen en primer plano. El resultado final es una exploración de formas que explotan las capacidades expresivas del óleo y en el cual técnicas tan variadas como la escultura, el dibujo y el grabado forman parte esencial de estas superficies.

Acostumbro a trabajar en el piso alrededor de la pintura. Cuando tengo que calcar un cuerpo o un objeto, debo desprender por completo el lienzo de su bastidor y estirarlo mientras está cubierto por múltiples capas de pintura al óleo, un promedio mínimo de cinco veces para cada cuadro antes de terminarlo. En el caso de un modelo, el individuo debe estar en condiciones de respirar con comodidad por debajo del lienzo, en tanto yo debo mantener un automatismo espontáneo y, de tal modo, rendir tributo a la inherente belleza de un cuerpo pleno de vida o a la transposición de objetos inanimados que lo acompañan”.

Si “en este mundo creado sobre lienzo todo debe dejar su marca” -que era una de las frases en las que más le gustaba meditar, por su fuerte conciencia espiritual- Arnaldo Roche-Rabell, sin lugar a dudas, dejó la suya. Estremecedora. Imborrable. Inolvidable.